Hace poco una publicista con la que trabajé me preguntó: “¿cuando diseñas, en qué piensas? ¿Cómo haces para… pues diseñar?. Cuando intenté responder, me detuve y traté de discernir cómo hacemos nuestro trabajo y cómo llegamos a un producto, y entonces me acordé de mi época universitaria.

En nuestro paso por el pregrado, nos encontramos múltiples docentes con formaciones, vivencias y formas de pensar muy variadas. Querámoslo o no, eso afecta nuestro modo de ver, percibir y pensar todo lo que hacemos, sin dejar de lado la influencia que ejercen los amigos que uno forja y el ambiente en que nos desenvolvemos; pero esta discusión se la dejo a los antropólogos, psicólogos y demás profesionales que se dedican a analizar el comportamiento humano. Algunos profesores generan más impacto en nosotros que otros y lo que dicen y nos transmiten mella más; algunos eran muy frescos o relajados, otros eran súper rígidos; algunos eran apasionados, muchos otros eran cerebrales; podría acordarme de todos –muy buenos, por cierto–. Pero como todo en la academia exige cierto orden y modus operandi (cómo me encanta esa expresión), todos tenían eso en común: un orden, una estructura determinada previa al trabajo, un proceso, un modelo metodológico. En este punto es cuando me acuerdo de uno de los profesores que más me impresionó y marcó: Manuel Parga, quien me brindó un modelo metodológico.

Este Modelo Metodológico es sólo para ilustrar algo que –estimo yo– hacemos todos los diseñadores o profesionales que ejercemos en procesos creativos. Admito que éste no es una verdad universal y que como todo modelo es susceptible a cambios y modificaciones.

De manera general, podemos exponer en qué consiste el modelo metodológico:

1- Existe un problema o una situación a la cual debemos dar una respuesta, entonces suponemos de manera superficial los caminos que podemos tomar en distintos niveles:

    • Nivel técnico.
    • Nivel práctico.
    • Nivel estético.

2- Analizamos en qué situación nos encontramos respecto a algunos problemas o trabajos similares realizados anteriormente:

    • Recolectamos tipologías existentes.
    • Clasificamos las tipologías recolectadas.
    • Decantamos esta información y seleccionamos las tipologías más significativas (según su funcionalidad, belleza, etc.).
    • Analizamos el impacto que tuvieron y su vigencia, si aún funcionan o si dejaron de dar el resultado que dieron en su época.

3- Analizamos el mercado al que va a ser dirigido el mensaje o producto y aquel al que fueron dirigidas las tipologías ya existentes:

    • ¿Cómo es el producto?
    • ¿Qué demanda tiene?
    • ¿Cómo se distribuye?
    • ¿Cómo es y cómo actúa el usuario?

4- Analizamos las funciones de las tipologías:

    • Análisis técnico
    • ¿Cómo se utiliza?
      • ¿Qué sentidos afecta?
      • ¿Qué señales de interpretación presentan?
      • ¿Debe tener ciertos cuidados y mantenimiento?
      • ¿Qué imagen proyecta?
      • ¿Qué estabilidad tiene o tuvo en el mercado?
      • ¿Cómo afecta psicológicamente la tipología?

5- Damos una valoración a cada aspecto: orden lógico (pasos a seguir), coherencia (pasos, información), legibilidad, color, usabilidad, diagramación, etc.; según lo cual decidimos si funciona o no y damos una posible solución para cada aspecto que flaquee.

6- Olvidamos todo, dejamos de lado prejuicios, etiquetas y demás.

7- Recordamos el problema o situación a la cual debemos dar respuesta y damos de manera concreta un máximo de tres (3) caminos posibles en cada uno de los niveles:

    • Nivel técnico.
    • Nivel práctico.
    • Nivel estético.

8- ¡BOCETEAMOS!

Parece largo ¿eh? Pero en realidad para eso estudiamos y practicamos. Durante la vida profesional pulimos este proceso, lo cambiamos según lo que se nos presente, lo aumentamos, lo resumimos, lo mutamos, lo involucionamos, en fin, lo adoptamos; y al pasar los años lo desarrollamos en cuestión de días, incluso de horas, mentalmente, entrenamos el ojo, sensibilizamos nuestros sentidos y creamos. Por eso, algunas veces nos pasa lo que a Picasso:

Una vez Picasso estaba en un parque, cuando una mujer se le acercó y le preguntó si le podría hacer un retrato. Picasso aceptó y rápidamente hizo un boceto, después le mostró el boceto, y ella complacida gustosamente preguntó cuánto le debía. Picasso le dijo: “Cinco mil dólares”. La mujer puso el grito en el cielo, diciendo: “¡Pero si le tomó sólo 5 minutos!”. Él dijo: “No, madam, me tomó toda mi vida”.

 

Para esto nos pagan, no para hacer “bolitas, palitos y cuadritos con colores bonitos”, sino para llevar a cabo un proceso para crear un objeto de diseño. Y es que como en cualquier otra profesión, requerimos de orden y de una estrategia clara, para no cometer errores o por lo menos no cometer  muchos. Una buena ejecución puede tardar meses o minutos, pero el proceso y la “idea” detrás de ella es lo importante, y es ahí donde la innovación se vive.

Para finalizar, les dejo estos “twitteos”, que vienen muy bien al tema:

 

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